10 octubre 2010

Quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas.
Borges

06 octubre 2010

Rotondas y arte público

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Rotonda en Boadilla del Monte (Madrid). Fuente de la imágen

Enmascarando la pobreza del paisaje urbano: rotondas y arte público es el título de un estudio de las profesoras de la Universidad Autónoma de Madrid Elisa Canosa Zamora y Ángela García Carballo. El texto que sigue es la introducción del estudio, que se puede leer completo en PDF aquí.

En intersecciones de todo tipo de viales, sobre todo en las establecidas en la periferia de las ciudades y pueblos españoles, aparece de manera reiterada, desde hace poco más de dos décadas, una singular combinación constituida por la rotonda y el conjunto monumental que se ha convertido en auténtica metáfora de los nuevos tiempos, de la nueva cultura y de las nuevas formas. En la difícil lectura de estos espacios urbanos difusos se ha llegado a atribuir un sentido relevante a estas creaciones inicialmente sólo funcionales pero pronto cargadas de imperativos hedonistas, muy propios de la cultura actual.

No se trata de una cuestión marginal. Las rotondas son muy numerosas: la Comunidad de Madrid contaba con 2.700 en el 2008, distribuidas en vías urbanas e interurbanas, siendo la provincia con mayor número, casi 1.000 más que Barcelona. En España la cifra ascendía a   24.000 en esas fechas2. Se trata de un fenómeno reciente e invasivo que parece no tener límites. Además ocupan mucho suelo, frente al espacio reducido de las encrucijadas convencionales.

Mueven, por otra parte, más cantidad de dinero en su construcción, en su ornamentación y en su mantenimiento. Sobre todo, afectan directamente a una población muy numerosa, obligada a usarlas y contemplarlas fugazmente mientras transitan. Frente a su aceptación generalizada, especialistas de campos diversos están ya denunciando su carácter banal y, por ello mismo, el peligro de su despliegue disparatado e improcedente. Si se analiza críticamente su propagación, se manifiestan entonces como auténticas cortinas de humo que ocultan un paisaje urbano que en la actualidad se empobrece y se estandariza.

Intereses económicos, políticos y mediáticos confluyen en encumbrar estos espacios dándoles una trascendencia que no deberían tener: es un producto nuevo, que pueden vender bien y convertirlo fácilmente en exaltación de la cultura o hito simbólico de los lugares. Resulta curioso además que se trate de un fenómeno europeo que sólo en fechas muy recientes ha cruzado el océano para comenzar a desplegarse en Estados Unidos. De allí sin embargo proceden las nuevas piezas urbanas que pueden asignarse a la posmodernidad.

Están allí los paisajes canónicos, en las nuevas exópolis, en los espacios difusos, fragmentados y segregados de las periferias, donde persisten vacíos junto a superficies urbanas especializadas, homogéneas socialmente y estandarizadas. En esos territorios es donde aparece por ejemplo el centro comercial, en la confluencia de viales rápidos, autentico emblema de la época, referencia de sus formas arquitectónicas, de las nuevas actitudes y de la prosperidad urbana. En los márgenes de la ciudad española destaca sin embargo, en el nuevo paisaje, en el sprawlscape, la rotonda ornamentada con una enorme escultura.

La primera que se construye en Estados Unidos data de 1990 y aún hoy existen menos de 2.000 en todo el país (RoundaboutsUSA, 2009). En contraste, en 2008, había cerca de 30.000 rotondas en Francia (carrefour giratoire o giratoire) y más de 10.000 en Gran Bretaña(roundabout). La dinámica de expansión de estos dos productos ha sido pues inversa, lo cual puede considerarse como una alegoría de las peculiaridades de una y otra cultura. El centro comercial y la rotonda ornamentada son distintivos de los nuevos tiempos, a los dos se les pueden asociar además los valores que las sociedades que los construyen están adoptando: ambas son reverso de la cultura ciudadana y negación del espacio público.


Parece que por fin Europa es capaz de crear sus propios espacios basura, un producto vulgar cargado  sin embargo de grandilocuencia que podría añadirse a los otros símbolos de los territorios urbanos contemporáneos evidenciados por López de Lucio (2006) certeramente. La clave de la crítica es la parafernalia que envuelve esta pieza y su tratamiento. Más allá de su estricta   función, se ha llegado a asimilar la combinación de escultura y rotonda al binomio arte público y espacio público que, sin embargo, constituye una de las mejores incorporaciones a las políticas locales y ha demostrado tener importantes repercusiones tanto en el diseño de nuevas áreas urbanas como en la regeneración de ámbitos marginales.

Valcárcel Medina


Extracto de un reportaje publicado por Javier Rodríguez Marcos en El País en 2008.

 Valcárcel, en efecto, nunca ha sido un artista cómodo. En 1996, el Reina Sofía, dirigido entonces por José Guirao, lo invitó a presentar un proyecto. Él, de nuevo, aceptó. Y de nuevo con una condición: para ejecutar su obra necesitaba los presupuestos reales -montajes, catálogos, transportes, seguros- de las últimas muestras realizadas en el museo madrileño. El Reina se negó a facilitarle esa información, que él consideraba de dominio público. Así empezó una particular performance que llevó al artista hasta el Defensor del Pueblo -que le dio la razón- después de reclamar ante el Ministerio de Cultura y el Congreso de los Diputados. Ni qué decir tiene que la exposición, que hubiera colocado a Valcárcel Medina en el candelero, nunca se llevó a cabo. Para él, la obra resultante es la kafkiana correspondencia que mantuvo con todas las instancias interpeladas. No era la primera vez que el artista chocaba con una institución. Cuando una fundación, cuyo nombre no quiere revelar, le propuso exponer, él presentó un presupuesto que fue rechazado: seis euros. "Me dijeron que creaba un mal precedente no por ser caro, sino por ser barato".

Valcárcel Medina no ha vendido jamás una obra. Durante años vivió de rehabilitar casas. Con todo, él no renuncia a que le paguen, "pero un precio digno, no precio de artista". Por eso cobró lo que hubiera cobrado un pintor de brocha gorda por pintar aquel muro del Macba: 900 euros. "Parece", apostilla, "que uno tiene un estatus y ya no puede ir de pintor de brocha gorda. Vale, pues voy con un pincel fino". Para él, "el arte está supersobrevalorado". Por eso le parece "un caso maravilloso" la desaparición de la escultura de Richard Serra, de 38 toneladas, perteneciente a la colección del Reina Sofía: "La obra de arte es robar esa escultura, no hacerla".

La conversación termina desembocando en una pregunta: ¿es más difícil escapar a la persecución o al halago? "Ahora, el poder lo asume todo, lo paga y lo archiva para la tranquilidad general. Es más difícil escapar del dinero que de la policía. Hay profesionales de la protesta que medran y progresan. Antes, si escribías en una pancarta 'Franco es feo' ibas a comisaría. Hoy si escribes 'El alcalde es feo' el Ayuntamiento te compra el cartel". Con todo, siempre hay resquicios, el poder no lo asimila todo: "Es cierto, el Reina Sofía no asimila que se le pidan las cuentas. A los artistas les exijo un plus de responsabilidad. Deberían pensar: si todo lo que hago me lo compran, ¿qué puedo hacer que no me compren, para que no me cacen?". Y recuerda su experiencia: "Una vez me llevaron a Canarias y me metieron en una habitación de hotel con dos duchas y cinco televisores. Pensé: mi obligación es evitar que me vuelvan a meter en una habitación así".

  • El próximo jueves 7 de octubre Isidoro Valcárcel Medina dará una conferencia dentro de las jornadas Arte + Grandes Eventos, a las 12.00h en el CGAC. Aquí se puede descargar el programa completo.

04 octubre 2010

A Coruña, el sueño de Gulliver

 Un recorrido turístico por la ciudad de A Coruña desde el punto de vista de un gigante, empleando las técnicas Time Lapse + Tilt Shift. Por Daniel Almeida